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Tardé tres meses en pasar para acá.
Pasaba y me regresaban, pasaba y me regresaban.
Como a la cuarta vez, la migra y la judicial de Tijuana
se pusieron de acuerdo. Estábamos el grupo amontonaditos
y de lado a lado había perreras.
Iba con una muchacha que me habían encargado y que
estaba embarazada como de 4 meses. Se asustó mucho,
porque la policía golpeaba a la gente. Éramos
como pollos cuando viene el zopilote, unos corrían
para acá y otros corrían para allá.
Nos agarró la judicial, estuvimos en un lado luego
en otro y fuímos a caer en la famosa ocho. Estuvimos
como 11 días encerrados.
A mí me toco en una celda de 6 pies de largo por 4
de ancho, éramos de 28 a 30.
Pedíamos agua y nos callaban y nos decían "al
ratito les damos su agua" y nos llegaban con mangueras
a presión y nos bañaban.
Nos llamaban de uno en uno. Pero más bien llamaban
a los que se veían como malhechores, antes de entrar
los bañaban, los golpeaban y los martirizaban.
Cuando salimos de ahí, tuve que buscar a una familia
para refugiarme, y empecé a trabajar. Yo sólo
sabía hacer trabajo de campo y en el trabajo que conseguí
aprendí algo nuevo, lijar marcos de cuadros, era tan
dura la lija que terminaba con las manos ensangrentadas.
Cuando intenté pasar otra vez, en el camino nos encontramos
con pandilleros que nos golpearon, nos robaron y hasta querían
llevarse mi chamarra pero me resistí, porque la chamarra
no era mía, me la habían prestado.
Me decían que la soltara, porque si no me iban a matar
y que de todos modos se iban a quedar con ella. Por fin, una
muchachilla de la pandilla les dijo que me dejaran en paz.
Nos tuvimos que regresar, pero un hombre llamado Pascasio
tenía dinero escondido en el pantalón de abajo,
ya que traía dos pantalones. Con eso tomamos un taxi
y nos pagó un hotel y nos invitó a desayunar.
La siguiente vez que pasamos ibamos en montón, tuvimos
que atrevesar una laguna y en eso se apareció el mosco
(un helicóptero), al correr me caí entre la
zacatera y el lodo, y en la corredera perdí a los demás.
Pero me encontré con otra mancha de gente y me les
pegué. El guía me decía que me fuera,
que buscara a los otros. Pero yo los seguí de lejos.
Al cruzar la autopista se subieron a los carros y yo me quedé
solo.
En eso me encontré con una bola de cholos y me preguntaron
que si traía dinero y que quién pagaba. Les
dije que el que pagaba estaba en Los Ángeles. Yo tenía
miedo porque se sabía que los cholos son los peores,
pero me encomendé a Dios y me fui con ellos.
Me llevaron a su casa, que era muy grande. Me ofrecieron
una recámara, cobijas, me enseñaron la cocina
y donde estaba la comida, me dijeron que me echara un "chauerazo"
(yo no sabía que era eso, pensé que era un sandwich).
Me enseñaron cómo manejar la estufa y me dejaron
solo.
En la mañana lavé todos los trastes que estaban
en el fregadero que eran un montón, todo estaba limpio
y ya estaba cocinando.
Me dijeron que me pusiera ropa y zapatos de ellos para que
me pareciera a ellos, hablaron con mis parientes en Los Ángeles
y me llevaron hasta Santa Ana, pero la lana no alcanzaba,
faltaban como $30 dólares y así quedó.
Después de un año de trabajo regresé
a mi tierra a casarme, cuando regrese para acá ya venía
acompañado con mi mujer embarazada.
Invierno
2001 Indice
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